sábado, 2 de enero de 2010

El señor


Un día, como otros, pero que al final, ese día, no iba a ser como los otros, el señor cogió su bicicleta, y se dirigió al habitual punto de encuentro con los otros señores.

Hasta ese punto, todo correcto y todo normal.

De tantas rutas que el grupo se marcaba, en ocasiones, tenían que repetir alguna, y ese día toco repetir, y esa ruta era muy conocida, preciosa, pero conocida, pero es que no había más montaña por descubrir, y por ello, tanto el , como el resto de señores, podrían ser catalogados como expertos conocedores de la zona.

Hasta ese punto, todo correcto y normal, (solo que con las piernas algo más cansadas por pedalear).

Al señor, le encantaba bajar rápido, sentir el aire fresco invernal en la cara, y trazar las curvas con su impecable bicicleta a una velocidad elevada. Y ese día lo hizo varias veces. Ese día resplandecía un bonito sol, ese día parecía un oasis en medio de los días de lluvias anteriores. Y ese bonito día, en un llano... todo se tornó oscuro.

No había brisa fresca, no había nada que ver, no había sensación, ni vista ni oído, ni tacto, no había sensación de ingravidez, no había nada que recordar.

Lo siguiente a recordar fue dolor, sensación de movimiento, miedo, el techo de una furgoneta, y una persona a su lado, ajena a su vida, con ropa amarilla y naranja. Tranquilo le decía, sin saber que decir más, le decía que tranquilo. Le decía que según le habían dicho, contado, explicado, se había caído de la bicicleta.

El señor intentó recordar, pero no había nada, simplemente una laguna mental de la cual no podía extraer ni un segundo que ayudara a ver, recordar, lo que había pasado. Pensó en los procesos químicos que nos acompañan en nuestro organismo cada centésima de segundo de nuestras vidas, y pensó, cual de ellos había fallado, y si, por un momento, yendo en bici, feliz, había perdido el conocimiento, sin más.

El señor se preguntó cuanto rato llevaría sin recordar nada, cuanto rato habría estado sin conocimiento en mitad de la montaña, en mitad, perdiendo sangre por la cabeza. Repentinamente atronó el recuerdo de su familia en su herida cabeza. En esa situación, lo que más quería, aún lo quería más, y le interesaba en cierto modo que supieran lo que estaba pasando en su cuerpo.

Fractura de muñeca, fractura de 2 costillas, heridas varias en la cara, acompañadas de puntos. Una semana en el hospital, y luego, a casa con el dolor. Pero a casa.

Un buen día, veía animales por casa, insectos de todo tipo, y sentía miedo y sorpresa... no conocía a la mujer que le acompañó toda su vida, vivía en una casa ajena, vivía en un cuerpo que no podía mover, no recordaba como hacerlo, y no recordaba como expresar lo que sentía y le pasaba, porque, no recordaba como hablar.

De pronto, no recordaba como sentir miedo ante eso, y no sabía como tranquilizarse, solo sabía que tenía nervios, que algo no iba bien, pero no sabía como sentir miedo.

Lo que parecía algo muy cerca de solucionarse, se convirtió en la prueba más dura en su vida, en la ruta más larga y dura.

Por cosas del cuerpo humano, las heridas alojadas en su cara, junto a sus puntos, se infectaron, de forma, que crearon pus, y esa pus, recorrió el cuerpo del señor buscando hueco donde alojarse, y se alojó en su cerebro.

El no sabía bien, algo intuía, pero su mujer si sabía bien, que la operación a la que iba ser expuesto, debía ser perfecta, tan perfecta que un humano no podía hacer. Esas bolsas de pus alojadas en su cerebro, a la par que tan poderosas eran al poder privar de tantos sentidos al señor, eran débiles, y podían romperse con extrema facilidad. Si se rompían, ya no habría señor.

745cl de pus sacaron de su cerebro. Alojada en dos bolsas, que aprisionaban su apacible y bien amueblado cerebro. De ese modo, esa pus, le privaba de hablar, y de pensar. Le privaba de razonar y de tener esperanza.

Ahora el señor se mira, ataviado con un corsé, un pijama, y 27 kilos menos. Ahora el señor balbucea, cada vez más claramente, y piensa y sabe que está mal, y que va a ser difícil. Me explica también, que una vez pasado lo difícil quiere venir conmigo, quiere que hagamos como antaño, cuando el, me guiaba por esos caminos siendo io, un niño.

Ya camina, con un caminador, y se cansa, poniendo la cara que se pone cuando se entrena, y es que, el, a su manera, ya está entrenando.

Está buscando su objetivo, el más importante y real, como el primer vuelo de la historia, como la primera que vez que caminó o montó en bicicleta. De nuevo, tiene que aprender todo, y todos, estamos enseñándole como hacerlo.



Un beso para ti.