viernes, 30 de julio de 2010

Perfecto.


Uno ya no sabe como conformarse, y como en tantas otras ocasiones he escrito, cuanto mas haces más quieres. Pero también dejas de querer, y en este caso ha sido de escribir. Es que en alguna ocasión me pregunto para qué esto del blog, y también para qué los demás programas informáticos. Se acaba volviendo, no queda otra.

Este verano no ha sido distinto, o quizás puede que si. Tanto realizado y nada escrito. No sabía por donde comenzar, por donde hacer surco para describir desde el triatlón de Madrid en Mayo, hasta el amanecer en las calas de la Pitiüsa, hace una semana...

Sigo sin reponerme. Las malas costumbres se pagan caras, en este caso lo caro es la vuelta a la realidad. Comenzar a entrenar, comenzar a trabajar, a estar, y vivir, y lo que se suele hacer, por esta tierra que quiero a ratos, y que en otros ratos no quiero tanto.

Si bien es cierto que me gustaría llegar al nivel de entreno de la pre-temporada pasada, ahora mismo me faltan ánimos y alicientes, imagino también que hasta que no me enmiende Richard, y me obligue, con gusto, a entrenar como dios manda. Como en otras ocasiones, se verá.

Recuerdo que encaré el inicio de competiciones con una seguridad rara en mi, poco habitual, todo ello motivado por la seguridad de llevar los deberes bien redactados, aprendidos, y con ganas de seguir aprendiendo en carrera.

Ahora, estoy fuera, mi mente sigue anclada en la nostalgia. No debería preocuparme en exceso, ya que no tiene porque ser malo, al menos a mi me encanta la nostalgia, por ello quizás se me va el santo al cielo tantas veces.

Han habido momentos en los que no he querido volver. Me producía urticaria imaginarme de nuevo por aquí, (delante del teclado, por poner un ejemplo), dejando de lado esos ratos en los que me cubría el cuerpo la crema solar, una fina tela, y la luz del sol.

He tenido momentos de soledad absoluta. Podrían llamarse de paz... si, algunos los llamaré de paz. Recuerdo uno, quizás el que más. Nadé largo rato hasta la playa frente a la cala en la que estábamos, (calculé mal la distancia a ojo). Allí, a lo lejos se veía una barquita, y dos personas. Cosa que comprobé a mi llegada, una barquita y dos personas, que de cerca, estaban desnudas. Me saludaron muy amablemente, y los saludé mirándolos a los ojos. A ambos.

Caminé por el corto espacio de arena y comencé a subir por las piedras calizas que llevaban a la otra parte de la playa, y allí fue el momento. Nadie. No había ruido. Solo el mar y algo de limpio viento, nada más.

La verdad es que por momentos, creía, que de alguna roca aparecería una cámara del documental Planet hearth, grabando como se adapta un señor en bañador a una estancia solitaria y virgen...(la mente en ocasiones...)

Me senté, y no quería salir de allí. No quería volver, ni nadando, ni en barca, ni en nada...

A la vuelta, mientras nadaba, me fijé más que en la ida, en la enorme cantidad de peces que nadaban bajo mi cuerpo, y me dio por sumergirme con ellos. En una de las inmersiones, bajé tanto, que me dolieron sobre manera los oídos, recordándome a la piscina de Can Sellarés, y sus cinco metros de profundidad, en los que hacíamos apuestas los niños del club para ver quien aguantaba más en el fondo... nunca gané.

Tantas veces he parado en mitad del mar, en mitad del trayecto de mis travesías inventadas. Y tantas veces me he dado la vuelta a mirar al cielo, a tumbarme en la cama de agua más grande del mundo. Es tan necesario como beber y comer. Pocos momentos hay iguales, más aún si la recompensa al llegar a la orilla es el aderezo perfecto, para unas vacaciones perfectas...

Ha sido una gran época. Tengo el don o la suerte de aprovechar lo que puedo, y no quiero parar. Aunque pare de escribir algo más de dos meses.



Cuidaros y ser felices...

Lo que no controlo.

Cuando las cosas aparecen sin querer, nada puedo hacer.  Como máximo, me ocupo de lo que puedo controlar y del resto, casi, por aprendi...